jueves, 10 de diciembre de 2015

PEÑASCOS DEL BUEN AMOR

Un monumento al Arcipreste de Hita recuerda las andanzas del poeta por la sierra de Guadarrama
Un revoltijo de peñascos ciclópeos que a ratos y según la sombra presentan el perfil de un camello guasón fue el rincón escogido por la Real Academia de la Lengua para rememorar, el 23 de noviembre de 1930, los 600 años de una de las obras cumbre de la poesía medieval hispánica: El libro de buen amor. Con la parafernalia solemne de discursos al uso, asistencia de autoridades y festejos campestres quiso concretarse un lugar sobre el terreno en el que recordar a uno de los primeros andarines ilustrados que llenaron los parajes de Guadarrama con encuentros erótico-pastoriles. El peñasco y su contorno ya había sido declarado el año anterior Monumento Natural de Interés Nacional, quedando grabados para la posteridad el comienzo de aquellos versos, “Cerca de Tablada/ la sierra pasada/ falleme con Aldara/ a la madrugada”, en los que inmortalizó su encontronazo cómico-amoroso con la “fea” de Tablada. También quedó institucionalizada la costumbre, que aún perdura, de cobijar bajo el peñasco un cofre en el que durante años podía encontrarse un ejemplar del libro para repasar las peripecias serranas in situ, junto a la leyenda: “Ande de mano en mano a quien quier quel pidiere”. Hoy el libro no está, y “quien quier” leerlo a la sombra del granito tiene que llevárselo de casa. Sospechamos que el cofre permanece en su sitio gracias al cemento con el que alguien lo pegó al suelo. Lo que sí puede encontrarse dentro del cofre son varias agendas y cuadernos con las anotaciones copiosas de cuantos apuntan en ellos pensamientos y deseos.
Peña del Arcipreste. Monumento al Arcipreste de Hita.
Monumento Natural de Interés Nacional. Sierra de Guadarrama
La elección del lugar no es casual y atiende al hecho de encontrarse muy cerca del antaño conocido como puerto de Tablada, hoy Alto del León o puerto de Guadarrama. En cualquier caso, y para evitar encuentros poco agradables, merece la pena llevar anotados los rasgos con los que el arcipreste dibujó el físico de aquella serrana que, a la postre, lo calentó tanto como para acabar salvándole de una muerte por congelación: versos 1006 al 1046, del libro.El paseo hasta este rincón de largas vista es corto y sencillo, por lo que, además, quedará tiempo suficiente para recrear lecturas y dejar anotaciones.
 
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