miércoles, 15 de mayo de 2019

El Boalo

Bajo la atenta mirada de la majestuosa montaña rocosa "Sierra de los Porrones"que hay junto a nuestro pueblo elegido este sábado para realizar la ruta, el Boalo, nuestro pequeño grupo mira asombrado aquella majestuosidad de la naturaleza.
Desayunamos en el único bar abierto del pequeño lugar, sus vidas llevan un ritmo diferente. Lugareños y domingueros son asiduos de horas diferentes a la de los aguerridos senderistas de Abantos a si que tuvimos suerte y todo.
La ruta arrancaba desde la majestuosa y pequeña hermita del Boalo. Su inmensa pradera-merendero inundo la imaginación de muchos sueños de pignic futuros. Como la tradición manda la foto de inicio de ruta se realizo.
Iniciamos la marcha en dirección Matalpino, la senda era como y el grupo ajeno a la imponente cuesta que llegaría momentos después charlaba alegremente y disfrutaba de los bellos paisajes del lugar.

Una senda a la derecha hizo intuir a más de uno que el momento de ascender se aproximaba. Saltamos unas paredes, cruzamos una pequeña gran finca molestando a las tranquilas vacas que en ella habitaban y que nos miraban con el ceño fruncido. "¡Puñeteros senderistas, ahora que nos queríamos mover!"


Iniciamos el ascenso a la cumbre de aquella pequeña formación rocosa. La vegetación de Jaras nos puso el ascenso más complicado. El camino era difícil de seguir pero poco a poco lo redescubríamos.
Realizamos las paradas necesarias para conseguir la conquista de las Torres de los Porrones.


Aquella ascensión fue dura pero llegamos a la cima y nuestra recompensa se noto en nuestras caras. Las vistas eran impresionantes y cuando realizamos el giro de 180 grados nos quedamos impresionados. Unos minutos para reponernos del esfuerzo y disfrutar del paisaje.


Continuamos el camino, este estaba más señalizado. Era muy divertido caminar entre aquellas rocas que se asemejaban a las de la Pedriza que en realidad estaba a escasos kilómetros. Las vistas seguían siendo preciosas.
El momento parada para comer no se hizo esperar. Minutos de relajación y paz comiendo con unas vistas preciosas. ¡Que paz!.


Comidos y relajados continuamos el camino que estaba claramente señalizado. Las formaciones rocosas eran impresionantes y el entorno nos sorprendía por momentos.

Nos adentramos en un impresionante bosque de pinos y la aventura se volvió casi un juego de a ver quien encuentra la senda entre aquel oscuro lugar en el cual los alérgicos al polen no querrían vivir, Los pinos jugaban con el aire de la primavera soltando su amarillo veneno alérgico.

Llegamos a la amplia pista que nos llevaría hasta al lugar donde nuestros coches nos esperaban. El camino ahora era mejor y todos disfrutamos sabiendo que nuestra ruta llegaba a u final y todos una vez más llegábamos a nuestro destino.
Celebramos nuestro final de ruta en el pueblo del Boalo. Una vez más podiamos gritar la ya celebre frase de: